El nacimiento del color amarillo

Inspirado en las Preguntas de Pablo Neruda.

Vincent Van Gogh sentía que ya había agotado todas las posibilidades que le brindaban los colores existentes. Desesperado, se cortó una oreja. Le escribió a su hermano, le anunció que pensaba suicidarse. Cuando se levantó la mañana del día que iba a ser el último de su vida, miró por la ventana. Era el primer día del otoño. En ese momento, descubrió que había nacido un nuevo color, y se puso a pintar.

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La primera carta de la humanidad

Estimado Dios, Creador del Cielo y de la Tierra,

Continúo en éxtasis ante la maravillosa obra que has completado en solo seis días. ¡Que verdes tus campos, que majestuosas tus montañas, que cristalinos tus lagos! Que delicia ver a los animales que has creado para poblarlos, disfrutando en gracia pura de tu jardín del Edén.

Y que decir de tu obra suprema, fruto solo posible de tu infinita sabiduría, esa criatura perfecta creada a tu imagen y semejanza: el Hombre.

Con admiración y devoción me postro ante Ti y con toda humildad te propongo un trato. Tu misericordia sabrá perdonar mi impertinencia. Quizás la tarea de administrar tu Reino pese sobre tus divinos hombros. Déjame ayudarte. Estoy seguro que estoy calificado como nadie para comprender el alma y las pasiones del hombre. Ponlo bajo mi cuidado. Déjame guiarlo en su desarrollo. Eso te permitirá concentrarte en el manejo del clima, la geografía, el cosmos y tus otras criaturas.

Confía en mí.

Atentamente,

Lucifer

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La fama, por Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges cumpliría 118 años el 24 de Agosto de 2017

Haber visto crecer a Buenos Aires, crecer y declinar.
Recordar el patio de tierra y la parra, el zaguán y el aljibe.
Haber heredado el inglés, haber interrogado el sajón.
Profesar el amor del alemán y la nostalgia del latín.
Haber conversado en Palermo con un viejo asesino.
Agradecer el ajedrez  y el jazmín, los tigres y el hexámetro.
Leer a Macedonio Fernández con la voz que fue suya.
Conocer las ilustres incertidumbres que son la metafísica.
Haber honrado espadas y razonablemente querer la paz.
No ser codicioso de islas.
No haber salido de mi biblioteca.
Ser Alonso Quijano y no atreverme a ser don Quijote.
Haber enseñado lo que no sé a quienes sabrán más que yo.
Agradecer los dones de la luna y de Paul Verlaine.
Haber urdido algún endecasílabo.
Haber vuelto a contar antiguas historias.
Haber ordenado en el dialecto de nuestro tiempo las cinco o seis metáforas.
Haber eludido sobornos.
Ser ciudadano de Ginebra, de Montevideo, de Austin y (como todos los hombres) de Roma.
Ser devoto de Conrad.
Ser esa cosa que nadie puede definir: argentino.
Ser ciego.
Ninguna de esas cosas es rara y su conjunto me depara una fama que no acabo de comprender.

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El viaje en ómnibus

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El ómnibus en el que viajaba, apretado como sardina, uno de tantos entre aquella multitud de cuerpos sofocados de verano, se detuvo bruscamente. Trastabilló, y solo se salvó de caer al piso agarrándose de un pasamano.

Al recuperarse, notó que todo el mundo había desaparecido. Nadie quedaba de sus antiguos compañeros de esa ruta improbable, y hasta el mismo chofer se había esfumado de su trono de rey de la nada. A través de las ventanillas sucias tampoco se veía un alma en las calles. La ciudad aparecía vacía, desierta, en una imagen imposible a esa hora pico.

Todos habían desaparecido, excepto ella. Ella, la chica a la que había estado observando, casi con obsesiva curiosidad, desde que había subido unos pocos minutos antes. Llevaba puestos unos jeans, una remera blanca, unos 18 o 20 años de vivir en aquella ciudad, una actitud de importarle un bledo los demás, y una irreverencia natural. Recién llegada, se había sentado en el asiento frente a donde él había estado parado, aprovechando su galantería involuntaria de demorar apenas unos segundos en ocuparlo cuando la mujer que lo ocupaba se levantó. Se sentó sin siquiera mirarlo y enseguida dedicó su atención a su celular.

Ahora, eran solo ella y él en aquel ómnibus que aun olía a muchedumbre de las 6 de la tarde. La chica, todavía sentada, lo miró. Su mirada no aparentaba sorpresa por la situación, pero derrochaba indiferencia. Se levantó sin pronunciar palabra, se le acercó y lo besó en la boca con un beso largo, tan cálido y húmedo como el día que terminaba.

Luego lo miró, le dijo “bueno, listo, ¿ahora podemos seguir?”, y se sentó.

Los pasajeros volvieron a ocupar cada centímetro cúbico libre, el chofer apareció en su asiento frente al volante, y el ómnibus retomó su fatigada marcha.

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Ajedrez, por Jorge Luis Borges

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I

En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?

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Memorias de un Emperador

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Solamente mi madre me llamaba por mi verdadero nombre, el que me había dado al nacer. Para el resto del mundo, yo era Augusto Nicolas, Emperador del Imperio Romano, sucesor de Augusto, el primer Emperador, quien me había antecedido en el cargo 2000 años atrás.

En el siglo 21, mi poder como Emperador era limitado. Mi posición era fundamentalmente protocolar. El poder había regresado al Senado, que tenia máxima autoridad sobre los asuntos federales, pero cada Estado dentro del Imperio gozaba de una amplia autonomía, fundamentalmente America, el Estado más poderoso, que había ido adquiriendo cada vez mayor independencia desde las Guerras Mundiales del siglo 20, y que consideraba a Roma, su Senado y su Emperador como obsoletos legados de un pasado lejano a los que apenas toleraban, por el momento.

Desde el siglo 18 había existido una puja de poder entre los americanos independentistas y aquellos fieles (aunque con reservas) al Imperio. Luego de confrontaciones a veces electorales y otras armadas, se había alcanzado un compromiso que dejaría satisfechos a ambos grupos: America gozaría de amplia autonomía pero en la formas pertenecería al Imperio y se sometería al poder del Senado en Roma, al que enviaba una numerosa representación.

La mayoría de los estados que componían el Imperio en el siglo 21 se encontraban en Europa. Roma había perdido sus posesiones en África y Asia a manos del Imperio Musulmán varios siglos atrás. Solamente había logrado conservar Tierra Santa, llamada ahora Israel. Una muy frágil paz mantenía el status quo en esa zona.

Desde hacia varios siglos el Emperador era elegido por el Senado y luego debía ser ratificado por al menos 2/3 de los estados miembros del Imperio, mediante sus respectivas legislaturas. Muy lejos en el tiempo había quedado la práctica de que un Emperador eligiera a su sucesor.

Hoy, que cumplo 80 años, recuerdo el día mas memorable de mi vida: el día de mi coronación como Emperador, muchos años atrás, en las postrimerías del siglo 20. La pompa de la milenaria ceremonia era inigualable. Millones de personas la siguieron por televisión. El viejo Coliseo de Roma, todavía en pie luego de casi 2000 años de servicio fue testigo de mi unción en el cargo más famoso de la Tierra.

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La chica del subterráneo

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La había visto solamente una vez, o al menos eso creía, aquel día, en aquel vagón casi vacío de subterráneo, cuando regresaba de su peor jornada de trabajo y se sentía tan vencido como nunca se había sentido.

Era un día gris, de esos fríos, lluviosos y tristes, típicos del invierno de Buenos Aires, especialmente solitario para los solitarios.

Cuando entró en el vagón la vio, sentada leyendo un libro (nunca comprendió como había gente que podía concentrarse en medio del fragor del desplazamiento de un tren subterráneo). Frente a ella había un asiento libre, al lado de un hombre que parecía dormitar con la cabeza recostada sobre la ventanilla. Había muchos otros lugares libres, pero su instinto lo llevó a elegir aquel desde el cual podría observarla.

Ella levantó la vista solo por un segundo cuando él se sentó, y esa fue la única vez, o al menos eso creía, que sus miradas se habían cruzado. Rápidamente retornó a la lectura. Vestía una blusa blanca, una pollera larga y botas negras. Sus rasgos eran comunes, pero tenía un pelo largo rojizo impactante.

Compartió aquel espacio con ella durante tres estaciones, hasta que ella guardó su libro en su cartera, miró su reloj y se paró. La siguió con la vista hasta que desapareció detrás de las puertas que se cerraron. No lo sorprendió sentirse desanimado ante otra oportunidad perdida.

Desde aquel día, no había pasado uno en el que no la hubiera visto, aunque sabía (estaba convencido) de que no la veía en realidad, sino que la confundía en el rostro de otras chicas como ella, de otras personas que podían ser muy iguales o muy distintas a ella, que podían ser santas o asesinas, como podría serlo ella, de la que desconocía todo. La veía todos los días, pero solo una vez al día.

Las circunstancias en las que la encontraba eran variadas: un día la veía en un café, sentada sola leyendo su libro; otro, la descubría en una larga fila frente a las cajas de un banco. Una vez, la vio sacando entradas en un cine; otra, entrando en el edificio de una universidad.

Siempre vestía más o menos igual. Lo que más le atraía en ella era su pelo rojizo. Nunca se había fijado particularmente en las pelirrojas. Ahora, no se imaginaba atraído por ninguna mujer que no lo fuera.

Jamás le dirigía la palabra. Estaba seguro también que ella no lo veía, ni se percataba de su presencia. Leía su libro o completaba la actividad en la que estuviera dedicada en ese momento ignorando por completo que él, quien la había visto aquel día en el subterráneo, no podía pensar en otra cosa que no fuera en ella.

Se despertaba cada día anticipando el inevitable encuentro con ella. Sabía que con solo salir a la calle la vería en algún lugar, más cerca o más lejos, más tarde o más temprano, cuando él se encontrara en el cielo o en el infierno.

No se sorprendió cuando un día ya no pudo ni concurrir a su trabajo. Vagó por las calles atestadas de Buenos Aires, pero vacías de la presencia de ella, hasta que la vio, comprando una revista en un kiosco. Cumplido su objetivo (su misión) del día, regresó a su casa, a mirar televisión y esperar el día siguiente.

Intuía que se encontraba en un camino inexorable a la locura. Para probarse, un día decidió no salir de su casa. Paso las horas a la espera de un imposible llamado de teléfono, del sonido del timbre de la puerta, o de cualquier otra señal. Sin novedades, se desesperaba a medida que el día llegaba a su fin. No pudo casi ni comer. Más de una vez estuvo a punto de asomarse por la ventana (estaba seguro que así la vería). Cuando cayó la noche, apenas pudo contenerse para no salir a la calle. Algo tenía que pasar, no se imaginaba no viéndola ese día. ¿Qué estaría haciendo ella?

Cuando dieron las 11 de la noche ya no pudo más. Salió de su casa sin siquiera cerrar la puerta con llave. Recorrió desesperado las cuadras aledañas, sin un camino definido, sin plan, sin ruta. Finalmente, emprendió la marcha, corriendo, hacia la estación del subterráneo donde ella se había bajado aquella vez.

Al llegar a la boca de la estación, cerrada a esas horas de la noche, la vio allí parada, tal como la había visto aquel día y tantos otros después.

Se acercó, la miró, se sintió reconocido, percibió el alivio en la cara de ella y, casi sin creerlo, la oyó decir “¿Dónde estabas? Te esperé tanto hoy…”.

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31 de Diciembre

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“As Sharon types the letters, I stand hands in pockets looking through the gold lettering of our window. I think of Sharon and American Motors. It closed yesterday at 30 ¼.”

Walker Percy, The Moviegoer

 

A solo unos pocos minutos del 2016. A miles de kilómetros del sur.

Observa su copa de champagne en la mesa, llena, sin tocar, esperando el momento del brindis de las 12 en punto. Aquel restaurante, demasiado ruidoso y atestado, no había resultado el lugar ideal para celebrar el año nuevo. Aunque la comida no había estado tan mal. El bullicio aumenta al acercarse el momento esperado. Algunas personas bailan en la pequeña pista, al ritmo de lo que a él le parece la misma canción tropical que había estado sonando durante toda la noche y que no lo había inspirado a levantarse para bailar ni una sola vez. Se escucha el irritante sonido de los pitos que algunos insistían en soplar, cada vez con mayor frecuencia. En un par de pantallas de televisión se ven escenas de la infaltable celebración en Nueva York.

Ella, sentada a su lado, conversa con su hermana del otro lado de la mesa. Sus labios esperan seguramente el encuentro con los suyos en el beso de las 12. Es ya el segundo Año Nuevo que pasan juntos. Se habían conocido en otro improbable 31 de Diciembre, el de 2014, en otro lugar, otra ciudad, y otro tiempo de su vida.

La música se detiene para dar lugar al conteo final. Ella toma su copa y lo mira.

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Mélanie

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Fragmento de la novela escrita para NaNoWriMo 2013

Conoció a Mélanie durante su única visita a Paris. Era su primer viaje a Europa y lo emprendió con un amigo tan inconsciente como él. Inconsciente como solo se puede ser a los 21 años y se quiere recorrer el mundo. No solo lo querían ver, se lo querían beber de un solo trago.

Partieron con la cabeza repleta de expectativas, la valija con poca ropa y el bolsillo casi vacío de billetes. A duras penas habían logrado pagar los pasajes de avión a Paris. ¿Reserva de hotel? No se les había pasado por la mente, conseguirían alguna pensión barata cuando estuvieran allí. Tal vez se imaginaron que conocerían a un grupo de artistas bohemios que los invitarían a alojarse con ellos en una típica buhardilla parisina. Se imaginaron días llenos de recorridas a la ciudad, de visitas a museos, de subidas a la Torre Eiffel y noches no carentes de fiestas.

Lo primero que hicieron, por supuesto, una vez llegados a la Ciudad Luz, fue dirigirse a la Torre Eiffel. Allí tenían que tomarse la primera foto.

Y así fue como la conoció. Paris los había recibido en un día gris y ventoso de otoño. En el observatorio de la torre, desde donde pudieron admirar la ciudad por primera vez, había poca gente. Necesitaban alguien que les tomara la foto, con la ciudad de fondo. Marco observo alrededor. Había una pareja de ancianos, un muchacho, y una chica de más o menos su edad. Se le acerco. Lo primero que admiro fueron sus ojos verdes. Lo segundo, la sonrisa que le ofreció cuando él trato de improvisar y pedirle el favor en francés mientras le mostraba la cámara de fotos, en lo que fracasó estrepitosamente. Ella igualmente entendió lo que quería, por supuesto. Luego de que ella sacara la foto, él tuvo un poco más de suerte al poder decir “Merci beaucoup”, quizás lo único que sabía decir en francés, y ella le regalo otra sonrisa como premio por semejante esfuerzo. No se la podía describir como linda, pero si como simpática. Era más bien baja, tenía el pelo castaño que le cubría la nuca, y rostro con facciones proporcionadas.

Cuando ella ya se estaba alejando de ellos, luego de devolverles la cámara, Marco la detuvo para presentarse. Ella demostró cierta sorpresa, solo por un segundo, y le dijo su nombre. Marco lo recordaría para siempre.

Ella desapareció del observatorio poco después. Marco y su amigo se quedaron un rato más y luego bajaron. Por el resto del día continuaron recorriendo la ciudad, extasiados ante la belleza y la elegancia que se desplegaba ante sus ojos.

Cuando estaba por caer la tarde y los amigos se empezaron a preguntar donde irían a pasar la noche, decidieron detenerse a descansar un rato y comer algo en un café, cerca de la Opera. No había mesas libres en la vereda así que ocuparon una adentro del lugar, no lejos de la puerta.

En el momento en que Marco se estaba llevando la taza de café a los labios, la vio entrar, acompañada por otra chica de su edad. El azar, el destino, o una combinación de ambos, los volvía a poner en el mismo lugar, en el mismo punto del universo. Algunos dirían que estaban destinados a encontrarse. Otros, que todo fue una casualidad y que su encuentro no tuvo ninguna importancia en el gran esquema de la cosas.

Marco noto que ella lo reconoció al verlo también. Se acercó a la mesa y lo saludo haciendo un gesto con la mano y nombrando a la Torre Eiffel. Él las invito a acompañarlos en la mesa. Las chicas aceptaron.

Ninguna de las dos hablaba español, ninguno de ellos francés, pero los cuatro podían decir algunas frases básicas en inglés, así que se comunicaron como pudieron en ese idioma. Las dificultades para comunicarse no impidieron que pasaran un muy buen rato y que se contaran mutuamente que estaban haciendo allí.

Resulto que Mélanie era también recién llegada a Paris, desde una ciudad pequeña del sur de Francia. Tenía 19 años y se encontraba en Paris para empezar a cursar estudios de artes plásticas. Estaba viviendo en el departamento de su amiga, Stephanie, a quien conocía de su ciudad natal.

A partir de ese momento, y hasta dejar Paris una semana después, Marco compartió casi todas las horas que paso despierto con ella. Él y su amigo pudieron alojarse en un hotel muy barato que Stephanie les recomendó, y que se encontraba a solo una cuadra de donde ella vivía. La habitación que pudieron pagar era minúscula, sin baño privado y en un sexto piso sin ascensor. El departamento de Stephanie no contaba con muchas más comodidades, como pudieron comprobar cuando lo visitaron.

Como las clases de Mélanie aún no comenzaban, ella disponía de tiempo para recorrer la ciudad junto con ellos. Stephanie los acompañaba algunas veces.

El tercer día, Marco besó a Mélanie por primera vez, en el observatorio del Arco del Triunfo. Los días que siguieron pasaron para él como un suspiro. En su última noche en la ciudad antes de partir, hicieron el amor por primera y única vez.

Se despidieron en el aeropuerto. Lo último que ella le dijo, llorando, fue que no la olvide. Él le prometió que no lo haría y que volvería a visitarla tan pronto pudiera. Se mantendrían en contacto, por supuesto, a través de email. Él se cuidó que ella no lo viera llorar, recién lo hizo cuando ya estaba del otro lado del control de seguridad y la había saludado con la mano de lejos por una última vez.

Durante unos meses se mandaron mensajes de email casi todos los días, y tres o cuatro veces, él la llamó por teléfono. Las comunicaciones se fueron espaciando después. Mélanie ya había comenzado sus clases y, poco a poco, Marco fue notando un cambio en los mensajes de ella, como su fueran perdiendo intensidad, y cobrando distancia. Por su parte, él tuvo que admitir que lo mismo podía decirse de los que él le enviaba. Un día, ella le confesó que desde hacia unas semanas estaba saliendo con un compañero de estudios. Marco no se sorprendió. Aunque no había querido aceptarlo, sabía que eso iba a pasar tarde o temprano. En realidad, para ese entonces, él ya estaba pensando más en una compañera de la universidad a quien quería invitar a salir que en su remoto amor parisino.

Durante un tiempo más se mantuvieron en contacto, aunque lo hacían cada vez con menor frecuencia. Marco ya no recuerda quien de ellos fue el que envió el último mensaje de email y por otra parte ese detalle no tiene la menor importancia.

Marco jamás olvidaría sin embargo, aquel primer beso que se dieron en el Arco del Triunfo, con la Avenida de los Campos Elíseos de testigo.

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La cita

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Casi no había podido pegar un ojo en toda la noche. A eso de las 8 finalmente se levantó, dándose por vencido frente a los nervios, harto de dar vueltas inútiles en su cama. Agotado luego del desvelo, lo consumía la impaciencia, la expectativa por lo que sabía le esperaba ese día: la cita que había esperado por tanto tiempo, desde que la había visto por primera vez.

Se le fue toda la mañana casi sin darse cuenta, como solía pasarle los días en los que no trabajaba. Se hizo una escapada al supermercado de la esquina a comprar algunas provisiones, su heladera estaba más vacía que de costumbre. Al mediodía, no tuvo ganas más que para prepararse un aburrido sándwich de jamón y queso y comerse un yogurt como postre.

Previsiblemente, fracaso en su intento de dormir una siesta. Luego de una hora infructuosa en la cama, agarró ese libro que estaba leyendo sin mucho entusiasmo desde hacía meses y pudo avanzar algunas pocas páginas, no sin dificultad para concentrarse. A eso de las 4 de la tarde, se preparó un café instantáneo, de esos que nunca había aprendido a que le salieran bien. Miró un rato de televisión, cambiando los canales sin prestar mucha atención. Su mente estaba en otra cosa, en anticipar lo que esperaba fuera un momento memorable, en ahuyentar las habituales ideas negativas que le inspiraban los momentos previos a ocasiones como aquella. Se preguntó si ella también estaría impaciente por el encuentro, y concluyó que era improbable. Para ella, su cita era algo de todos los días. Él  representaría para ella solo alguien más en una larga lista. Para él, por el contrario, el encuentro con ella significaba un hito, un momento que podría marcar un antes y un después en su vida. Sin exagerar, lo consideraba su última oportunidad.

A las 6 de la tarde, con el cansancio ocultado por la ansiedad, comenzó a prepararse. Se dio un baño, se afeitó con cuidado y se fue vistiendo despacio, mientras escuchaba un CD con canciones lentas. El ritual y la música lograron tranquilizarlo un poco. Cuando terminó, se sintió con más confianza que con la que se había sentido en todo el día, y listo para enfrentar a su destino.

A salir de su departamento, en el momento de cerrar la puerta con llave, tomó conciencia que la próxima vez que abriera esa puerta seria un hombre cambiado: para mejor o para peor sería alguien distinto.

En la puerta de su edificio tomo un taxi que lo condujo, en un viaje que se le hizo eterno, al lugar de trabajo de ella. La recepcionista de la clínica le indico en que piso se encontraba el consultorio de ella, aquella amiga de su madre, la doctora que había aceptado verlo de urgencia ese día para informarle los resultados de aquellos estudios por los que había esperado días que representaron años. Por fin sabría, hipocondriaco él, si se confirmaban sus peores sospechas y aquel dolorcito era la antesala de una enfermedad terminal.

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